martes, 4 de marzo de 2014



Me decido hoy a escribir esta entrada después de leer el relato de la lactancia frustrada de Nagore. Lo escribo para ella, que necesita un abrazo, y también para otras mamás a las que he podido abrazar en persona y a las que no, a las que se han perdonado y a las que están en ese proceso.
Hace algunos meses acompañé en el parto a una mamá que había tenido una cesárea previa. Su primera hija había sido prematura y había estado varias semanas en el hospital. Sin el apoyo adecuado, le había sido imposible dar el pecho cuando por fin se la había llevado a casa.
En esta segunda vez, deseaba poder hacer todo lo que no había podido en la primera: parir a su bebé y después darle el pecho. Se había informado, había buscado ayuda y afrontaba todo el proceso con mucha ilusión. Tuvo un parto intenso, como lo son todos, muy largo pero dulce y tranquilo. Su bebé se prendió al pecho nada más nacer y las dos celebramos lo que entonces pensamos que eran todos sus sueños cumplidos.
Sin embargo, esa misma tarde, le salieron grietas enormes, el dolor era insoportable. Un par de días después, estaba hecha un mar de lágrimas. El bebé ya no se prendía de ninguna manera al pecho, y cuando por fin después de horas de intentarlo lo lograba, no aguantaba el dolor. Intentaba sacarse leche con el extractor pero apenas salían unas gotas a pesar de que tenía el pecho a punto de reventar. Probamos de todo: hojas de col, compresas calientes, masajes y nada, que no conseguía sacarse más leche ni prender al bebé. Llamamos a la asesora de lactancia con más experiencia que conocía, le enseñó a darle al bebé la leche con el dedo y una jeringa, para ir ayudando a que hiciera los ejercicios de succión y mantenerlo tranquilo mientras se curaban las grietas. Siguió intentando sacarse la leche pero le salía muy poca. En su familia y entre sus personas allegadas había quienes le decían que se dejara ya de tonterías y diera biberones, y también los que insistían en que tenía que ser valiente, que tenía que luchar, que todas pasamos por eso y que era lo mejor para su bebé. Mientras, su hija mayor no paraba de llorar reclamando su atención. Todos lloraban… el bebé porque tenía hambre, ella porque no conseguía darle leche materna y le daba fórmula con infinita tristeza y su hijita porque toda la atención era para el bebé.
La vi triste, abatida, cansada más allá de lo habitual en el puerperio. Pero sobre todo, la sentí indecisa y temerosa, me hacía preguntas que me sugerían que quería dejar de intentarlo, abrazar a su hija, descansar de tanto llanto y darle un biberón al bebé para que estuviera tranquilo sin sentirse culpable. Pero esta vez había dicho que lo conseguiría, había tenido un buen parto, ¿por qué no podía?, si se supone que es natural, que es fácil, que es lo mejor… 


En ese momento, dejé de ser lactivista, me olvidé de todos los beneficios de la lactancia y fui doula, solo una mujer al servicio de otra. Ella no necesitaba argumentos sobre la lactancia, los sabía todos, no necesitaba que le dieran ánimos ni que le echaran porras, no necesitaba soluciones, necesitaba confianza y fuerza para maternar a sus hijos. Necesitaba saber que ella y solo ella era capaz de decidir qué era lo mejor para su familia y que nadie podía juzgar esa decisión.
La abracé y le dije muy seria: “Basta ya de esto. Toma una decisión, si vas a amamantar, haz todo lo necesario. Dile a alguien en tu familia que venga a encargarse de tu hija mayor para que te concentres con todo lo que tienes en esto. Con cada dificultad recuérdate que la decisión está tomada y persevera. Planta cara a quienes te dicen que lo dejes y diles que te dejen en paz. Límpiate las lágrimas y saca fuerzas. Por el contrario, si vas a dar fórmula, hazlo con convicción. Dile a tu familia que eres tú quien va a criar al bebé, que serás tú quien compre la fórmula, que solo tú tendrás que esterilizar biberones y que pueden guardarse todas sus opiniones sobre la lactancia artificial. Lo que decidas estará bien para ti, eso es lo único que importa. La incertidumbre y el miedo son peores que las grietas, que las fórmulas y que todo lo demás. La maternidad es un regalo, es un milagro, y es para disfrutarlo. Si estás sufriendo hay algo que no está bien”.
Algunos días después me escribió un mensaje, decía: “Decidí tirar la toalla”. Le pregunté cómo se sentía y lo primero que respondió fue “No lo logré tampoco esta vez, pero fue mi decisión”. Ahí estaba la clave, en esas palabras. Ella decidió que disfrutaría más de su familia si dejaba de intentar dar el pecho. Estaba disfrutando de sus hijos. Por primera vez se sentía feliz con su bebé y con su hijita mayor. La llamé, me pareció muy valiente, muy fuerte en esos momentos, más que nunca, más que después de 30 horas de parto. Me pareció un acto enorme de valor dejar ir sus expectativas y sus sueños para disfrutar de la realidad, del presente, del regalo de la vida. Se lo dije.
Me dio las gracias, no porque hubiera estado con ella en el parto o porque le hubiera intentado ayudar a amamantar, ni siquiera porque había intentado comprenderla o consolarla. Me dio las gracias por haberla respetado, por saber que era única y exclusivamente su decisión y que nadie tenía derecho a juzgarla. En la vida todos hacemos lo mejor que podemos en nuestras circunstancias, es lo único que tenemos.