jueves, 14 de febrero de 2013



¿De qué más se podría escribir hoy en este blog que de One Billion Rising?

Cuando la gente piensa en la violencia contra las mujeres, en seguida surgen temas como los golpes, el maltrato psicológico o emocional, el acoso o el abuso sexual, incluso la discriminación laboral. Sin embargo, mientras me preparo para ir a bailar Break the Chain a la plaza de Malinalco (sí, en mi pueblo también nos levantamos contra la violencia) pienso que bailaré para evitar un tipo de violencia del que pareciera que la sociedad no se entera. Miles, me atrevo a decir millones de mujeres sufren este tipo de violencia bajo la mirada cómplice de las personas que las rodean; se trata de la violencia obstétrica.
La violencia obstétrica es el maltrato del que son víctimas las mujeres embarazadas y comprende todo tipo de vejaciones. Vamos a poner un ejemplo, uno muy sencillo que seguramente no tiene ninguna consecuencia terrible a largo plazo, pero que constituye un tipo de maltrato, sin duda.



Todas las mujeres, embarazadas o no, han estado alguna vez en una consulta ginecológica. No hay nada menos romántico y más incómodo que el potro. Incluso tiene nombre de instrumento de tortura. Imaginemos que entras a la consulta, te pones la batita esa tan sexy y subes al potro como te ha instruido el médico. Y justo cuando va a comenzar la exploración, el médico recuerda que tenía que decirle algo a su asistente, sale y deja la puerta abierta. Acto seguido, dos parejas de la sala de espera, el conserje y un niño que estaba en el pediatra de al lado se asoman y ahí estás tú, guapísima… Parece el principio de un chiste pero a miles de mujeres durante el parto se les priva del simple derecho a la intimidad y, en lo que debería ser el momento de mayor exaltación de su feminidad, tienen que estar inmóviles, con los talones en los estribos mientras desfilan delante de ellas médicos, enfermeras, practicantes de medicina y otros curiosos del hospital. Es una situación embarazosa e incómoda pero no parece el fin del mundo, ¿cierto? 

Pues es solo el principio del tipo de maltrato que reciben las mujeres embarazadas. Se las inmoviliza y se las confina a una cama en posición horizontal, a pesar de que está comprobado que el poder moverse libremente favorece el trabajo de parto. Se les rasura el vello púbico, se les pone una vía en la mano por donde va la oxitocina para acelerar las contracciones, se les impide comer o beber, se les obliga a hacerse un enema para vaciar los intestinos y, cuando por haber estado acostadas durante horas con una epidural (electiva o no), el parto no progresa como al médico le gustaría... se les aplican maniobras peligrosas como la de Kristeller, se les hace una episiotomía para usar ventosas, fórceps y demás instrumentos "sofisticados" y en el peor de los casos —y muy común, por cierto— se utiliza la culpa y la presión psicológica, con comentarios como “Es tu decisión, pero si el bebé se muere será tu responsabilidad” para practicarles una cesárea innecesaria, como dice la canción.  

Y al final de todo esto, cuando la mujer está agotada, herida y decepcionada porque el parto no fue como lo imaginó, todos a su alrededor le dicen “Nada de eso importa ya, da gracias de que tu bebé está sano… estaba tan lindo”. Y digo “estaba” porque la madre apenas ha visto a la criatura que está en un cunero y la familia la ha visto en brazos de una enfermera del otro lado del cristal. Ahí se acaba la historia para todos; menos para la mujer que vivirá con cicatrices psicológicas y físicas, algunas de las cuales, como las de la episiotomía, que le impedirán llevar una vida sexual plena. 

Es una situación tan violenta que hay mujeres que han creado grupos de apoyo, pero desgraciadamente casi no se habla de esto en público. Se trata de algo que se queda solo en la pareja o que la mujer enfrenta sola. 

En México hay muy poca legislación sobre la violencia obstétrica, en este informe del 2010 (no he encontrado nada más actualizado) se menciona que solo está detallada la violencia obstétrica en Guanajuato, Veracruz y Chiapas.


La violencia obstétrica: Apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por personal de salud, que se expresa en un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad; se consideran como tal, omitir la atención oportuna y eficaz de las emergencias obstétricas, obligar a la mujer a parir en posición supina y con las piernas levantadas, existiendo los medios necesarios para la realización del parto vertical, obstaculizar el apego precoz del niño o niña con su madre sin causa médica justificada, negándole la posibilidad de cargarlo y amamantarlo inmediatamente después de nacer, alterar el proceso natural del parto de bajo riesgo, mediante el uso de técnicas de aceleración, sin obtener el consentimiento voluntario, expreso e informado de la mujer y practicar el parto por vía de cesárea, existiendo condiciones para el parto natural, sin obtener el consentimiento voluntario, expreso e informado de la mujer.

Está claro, ¿no? El parto es nuestro, no permitamos que nos lo quiten, no permitamos que nos maltraten. Aquí les dejo un cortometraje dirigido por Icíar Bollaín, no dejen de compartirlo con los hombres. ;)


miércoles, 13 de febrero de 2013



Mito numero 1: “Después de los seis meses (o del año) la leche materna ya no alimenta.” Esta es una de las frases que más he oído por ahí. Y no solamente de la tía, la prima o la señora desconocida, tan amable, que te expresa su opinión cuando te ve amamantar a tu bebé en público. Lo he escuchado, con tristeza, por parte de profesionales médicos. 

Lo comento ahora porque me llegó ayer esta información y creo que es muy importante para las futuras madres y para todas, en general: Cómo saber que un profesional de la medicina NO apoya la lactancia materna. 

El día que nace tu bebé, te lo quitan de los brazos para llevarlo al cunero “para que tú descanses” y amablemente le dan una mamila para no despertarte; ese día es el principio del fin de la lactancia materna. 

Tu bebé necesita tu leche y tú, como mujer, necesitas el proceso de lactancia. Es parte de tu vida sexual y también una parte crucial de tu maternidad. Y ya no digamos los grandes beneficios físicos que tendrá porque ayudará a que el útero involucione rápidamente y a quemar la grasa que almacenaste durante el embarazo precisamente para este propósito.

No se trata solo, aunque es importantísimo, del vínculo afectivo que establecerás con tu recién nacida y que te ayudará en muchísimos niveles a empezar a ser madre; también se trata del correcto desarrollo del cerebro de tu hijo. Sí, tal como suena, los bebés nacen, digamos, con el cerebro a medio hacer, eso les permite pasar por la cavidad vaginal. Y su cerebro se sigue desarrollando durante los siguientes dos años. El único nutriente que existe en el mundo que permite el desarrollo óptimo del cerebro es la leche materna. Y, sí, leíste bien, se debería alimentar al bebé con leche materna (junto con otros alimentos) al menos durante dos años. Eso es lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud: “La OMS recomienda el calostro (la leche amarillenta y espesa que se produce al final del embarazo) como el alimento perfecto para el recién nacido, y su administración debe comenzar en la primera hora de vida. Se recomienda la lactancia exclusivamente materna durante los primeros 6 meses de vida. Después debe complementarse con otros alimentos hasta los dos años. “

Infórmate bien y la próxima vez que escuches a tu pediatra, obstetra o a la enfermera (o, por qué no, a la vecina) decir que la leche materna después de los 4, 6 u 8 meses, etc. ya es agua y no sirve para nada, asegúrate de decirle que revise lo que recomienda la OMS y por qué. Después de todo, un profesional médico debería estar enterado de las recomendaciones de la OMS. Que quede claro que esta recomendación es para todos los bebés humanos del mundo mundial, no solo para los que viven en condiciones de pobreza, como creen algunos.

Y solo para que no quede duda, utilizando el sentido común, ¿qué crees que es mejor para un bebé humano? Leche humana, o bien,  leche de vaca, procesada, adaptada, adicionada, pulverizada, enlatada y convertida en “sustituto de leche humana”. Creo que la respuesta es bastante obvia. Es como preguntar si tu perra debería dar leche a sus cachorros o si deberías comprarles leche de gato adaptada para perros y dársela en un biberón… ¿no les parecería muy raro? A mí, desde luego, que sí.


martes, 12 de febrero de 2013



Todos queremos cambiar el mundo para mejor. O, al menos, eso me gusta creer. Sucede que parece que todos estamos cortados para ser algún tipo de activista, ya sea político, económico, social, ambiental, o una combinación de todos los anteriores. El caso es que todos somos necesarios y, algunas veces mejor y otras peor, hacemos que el mundo vaya tirando y, con algo de suerte, también mejorando. 

La única forma que conozco de cambiar el mundo, la única para la que me creo capacitada, aunque suene a ironía (con eso de que nadie enseña a ser madre, etc.), es la maternidad. Estoy convencida de que el mundo necesita personas como mis hijas y me esmero (con sus altibajos, como cualquier madre o padre) para que siga siendo así. 

Soy traductora de profesión y, como tal, tiendo a analizar –muy al pesar de algunas personas- todas las unidades lingüísticas que me rodean y, entre ellas: los subtítulos y los doblajes de las series y películas. Miles de veces me río sobre la forma en que traducen los improperios en inglés y los eufemismos en los que caen los traductores, sin duda para cumplir con la debida censura que se les impone. Pero a qué viene todo esto y por qué parece que el tema por el que iba ha cambiado drásticamente. No, no tengo ningún problema de déficit de atención (y seguramente, dicho sea de paso, la mayoría de niños del mundo tampoco lo tienen).

Lo anterior viene a que hay un insulto que siempre me ha parecido, digamos: adecuado. Es, sin caer en ningún apelativo vulgar ni soez, extremadamente hiriente. Miles de traductores y dobladores lo utilizan pero tal vez no le den la profundidad que le doy yo. Siempre que lo escucho, ya sea en su versión de España o en la de Latinoamérica, me suscita una gran tristeza. Me recuerda que el mundo va mal y que hay una forma sencilla de solucionarlo pero parece que muy pocos se dan cuenta.  Se trata del insulto “malparido” o para los que estamos del otro lado del charco “malnacido”. 

Tal vez para algunos no suene muy fuerte, después de todo en México no nos faltan maneras coloridas de llamar a quien (citando la definición de la RAE) es “indeseable, despreciable”. Y pensar que para ser así el resto de su vida, lo único que hizo fue “nacer mal”.
Y, ¿por qué no ayudar a que todos nazcan bien? ¿Por qué no facilitar que la entrada al mundo de cada ser sea una gran bienvenida? Que por el simple hecho de nacer seamos deseables y apreciables. Y si lo somos,  ¿cómo no va a ir bien el mundo?

Me gustaría que este fuera mi granito de arena, mi gotita que se va al mar. Quiero ayudar a que otros, como mis hijas, nazcan bien. Que sientan amor y felicidad cuando llegan al mundo para que esos sentimientos rijan sus vidas y las de las personas que los rodean. 

Aquí empieza este camino en el que hoy doy mis primeros pasos. Durante años me he nutrido de muchas madres blogueras, de otras mujeres que cambian el mundo cada día, ahora quiero participar.