martes, 12 de febrero de 2013

Un mundo de bien paridos



Todos queremos cambiar el mundo para mejor. O, al menos, eso me gusta creer. Sucede que parece que todos estamos cortados para ser algún tipo de activista, ya sea político, económico, social, ambiental, o una combinación de todos los anteriores. El caso es que todos somos necesarios y, algunas veces mejor y otras peor, hacemos que el mundo vaya tirando y, con algo de suerte, también mejorando. 

La única forma que conozco de cambiar el mundo, la única para la que me creo capacitada, aunque suene a ironía (con eso de que nadie enseña a ser madre, etc.), es la maternidad. Estoy convencida de que el mundo necesita personas como mis hijas y me esmero (con sus altibajos, como cualquier madre o padre) para que siga siendo así. 

Soy traductora de profesión y, como tal, tiendo a analizar –muy al pesar de algunas personas- todas las unidades lingüísticas que me rodean y, entre ellas: los subtítulos y los doblajes de las series y películas. Miles de veces me río sobre la forma en que traducen los improperios en inglés y los eufemismos en los que caen los traductores, sin duda para cumplir con la debida censura que se les impone. Pero a qué viene todo esto y por qué parece que el tema por el que iba ha cambiado drásticamente. No, no tengo ningún problema de déficit de atención (y seguramente, dicho sea de paso, la mayoría de niños del mundo tampoco lo tienen).

Lo anterior viene a que hay un insulto que siempre me ha parecido, digamos: adecuado. Es, sin caer en ningún apelativo vulgar ni soez, extremadamente hiriente. Miles de traductores y dobladores lo utilizan pero tal vez no le den la profundidad que le doy yo. Siempre que lo escucho, ya sea en su versión de España o en la de Latinoamérica, me suscita una gran tristeza. Me recuerda que el mundo va mal y que hay una forma sencilla de solucionarlo pero parece que muy pocos se dan cuenta.  Se trata del insulto “malparido” o para los que estamos del otro lado del charco “malnacido”. 

Tal vez para algunos no suene muy fuerte, después de todo en México no nos faltan maneras coloridas de llamar a quien (citando la definición de la RAE) es “indeseable, despreciable”. Y pensar que para ser así el resto de su vida, lo único que hizo fue “nacer mal”.
Y, ¿por qué no ayudar a que todos nazcan bien? ¿Por qué no facilitar que la entrada al mundo de cada ser sea una gran bienvenida? Que por el simple hecho de nacer seamos deseables y apreciables. Y si lo somos,  ¿cómo no va a ir bien el mundo?

Me gustaría que este fuera mi granito de arena, mi gotita que se va al mar. Quiero ayudar a que otros, como mis hijas, nazcan bien. Que sientan amor y felicidad cuando llegan al mundo para que esos sentimientos rijan sus vidas y las de las personas que los rodean. 

Aquí empieza este camino en el que hoy doy mis primeros pasos. Durante años me he nutrido de muchas madres blogueras, de otras mujeres que cambian el mundo cada día, ahora quiero participar.                             


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