domingo, 7 de abril de 2013

Te perdono, me perdonas, tenemos otra oportunidad…




A medida que avanza el día, acumulamos tensiones, perdemos la paciencia, nos cansamos. Estoy segura (o casi) de que muchas mamás, como yo, al final del día se arrepienten de haber dicho “ya me tienes harta” o “ahora no, estoy haciendo otra cosa”.

Hoy quiero hablarles del abrazo. Específicamente del abrazo de buenas noches. Hace ya algunos meses que para mi hija mayor y para mí se ha convertido en un ritual. Hablo de él ahora porque lo echo de menos en estos días en que estamos separadas (mis hijas se quedaron en casa el fin de semana con su papá mientras yo hago un diplomado de yoga para el embarazo en otra ciudad).

Me pasaba muchas veces que ya que la casa estaba en paz y las niñas durmiendo, pensaba en esos momentos del día en los que no había actuado de la mejor manera y me ponía triste. Pero así es la maternidad, un aprendizaje constante, pensaba que al día siguiente tendría otra oportunidad, que lo haría mejor.

Una noche, cuando preparaba a mis hijas para dormir, abracé a mi hija mayor (tiene 5 años) y le dije “Lo siento si hoy lo hice mal muchas veces. Aunque a veces estoy ocupada o enfadada, nunca dejo de quererte, mañana me esforzaré más para que estemos más contentas”. Era más un desahogo personal que otra cosa. Una manera de decir en voz alta que me equivoco, que no tengo razón siempre, que estoy aprendiendo también. No esperaba que mi hija lo asimilara, ni esperaba una respuesta. Pero, para mi sorpresa, ella me respondió “Yo también mamá, mañana sí haré caso. Yo también te quiero aunque a veces te hago enfadar”. 



A partir de esa noche, antes de acostarme con mi hija pequeña (de 2 años) a darle el pecho —las dos duermen en la misma habitación así que mientras doy el pecho a una, acompaño también a la otra mientras se queda dormida—, abrazo a mi hija mayor durante un par de minutos. Ella y yo sabemos lo que significa ese abrazo. Todas las noches cuando apago la luz, me lo recuerda (aunque no lo he olvidado): “Mamá, hay que hacer nuestro abracito”.

Con mi hija pequeña ese vínculo está todavía en la lactancia. Todas las noches le doy el pecho y compartimos un momento de intimidad. Pero con los hijos mayores se va perdiendo ese instante que nos indica que todo vuelve a estar en calma. Creo que es necesario encontrar ese espacio con los hijos mayores.

Para nosotras se ha convertido en un ritual especial, en un “te perdono, me perdonas, tenemos otra oportunidad”. Nos abrazamos miles de veces en el día, jugando, riendo, porque sí, pero nuestro abrazo nocturno es diferente. Es nuestro “borrón y cuenta nueva” y me da una gran alegría, me permite irme a dormir más feliz, más segura, con la garantía de que mi hija sabe que no soy perfecta, que me equivoco, que a veces no lo hago bien pero que la quiero y que me sigo esforzando. Sobre todo, pase lo que pase, nunca se va a la cama enfadada y yo tampoco. No importa lo que haya pasado el día anterior, nuestro día siempre empieza feliz, es nuevo y está lleno de posibilidades de mejorar.

Esto me ha funcionado para sentirme mejor como madre, por eso lo comparto. ¿Alguna de ustedes tiene un ritual con sus hijos que nos pueda servir a las demás?

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